viernes, 17 de julio de 2026

Dopamina atrae dopamina

Me diste los tres o cuatro
pinchazos de la anestesia
y dijiste el nombre que solo me gusta
en tu voz: 
No me putees, Xxxxxxl,
y comenzaste el gesto de acariciarme la cabeza,
incompleto
porque no podés tocar nada
con el guante estéril.

Todo quedó listo para que te reencontraras
con mi sangre y con mi hueso,
mientras 
dopamina atrae dopamina
venía a mi memoria el gesto idéntico
de la persona que más sabe/supo de mí
cuando cruzamos la calle
después de que la invitara
a oler jazmines en la vereda
de una casa de Boedo.

Meses más tarde pusimos la corona
de ese implante y te hablé
de neurólogos, parestesias y otras palabras
que había ido conociendo;
y cuando abrí la boca, al fondo de la garganta,
capaz me viste
los que te dije atragantados.

Con la electricidad aún corriendo
por mis cuatro miembros,
te escribí para contarte
–me habías dicho –textual, lo tengo grabado–
no cuelgues, contame
que venía del electro-
miograma
y me amparé en la incertidumbre de mis días
para vencer la vergüenza
y hablarte de los jazmines que había descubierto
en una casa abandonada cerca de tu casa.

Una casa ochentosa con destino de demolición
y unos jazmines trepando indómitos
desde el jardín de adelante
hasta la maraña de cables y las ramas
del árbol de la vereda
se me aparecieron como la excusa
para compartir esa parte de mi mundo,
manteniendo las distancias
dije explícitamente.

El silencio fue toda tu respuesta,
no preguntaste
ni el resultado del estudio.
Igual, es obvio
que dio bien; si no,
no estaría
acá ahora escribiendo.

Un año y un confinamiento
después nos vimos u
na vez más,
la última
–hasta ahora–,
y ninguno de los dos tocó el tema.
A la semana era tu cumpleaños,
y volví a esa casa
pensando en vos;
estaban la topadora en el lote arrasado
y unos jazmines secos
abrazados a los cables.



(Laferrere 1355)

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