viernes, 19 de enero de 2018

Yo voy por escalera


Bajo seis pisos por escalera para complacer a mi fobia
(siempre que puedo, evito el ascensor).
Sobre un fondo de Hanna y Barbera,
el loop se repite hasta no poder distinguir
en qué piso estoy o en cuál hiede la basura.
La circularidad y la inmovilidad son conceptos físicos
si el único camino posible es girar
para ver la misma puerta y la misma letra D
un piso más abajo.

Apuro el paso, impulsándome en el borde
hundido de los escalones.
No se derrumbaron las torres detrás de mí,
no me persigue un tsunami de polvo
(pero es difícil ver cuando el
groove cardíaco retumba en el palier).
Se trata, apenas, de un cambio de nombre:
la incontenible voluntad del desasosiego,
que quiere pasar a
llamarse desesperación.

Cuando la sofocación obliga
a pegar un grito que no sale,
porque aún impera mantener las formas
o porque la garganta está sellada
con cemento desde el vientre,
justo antes de empezar a correr,
el intestino alienante del arquitecto se endereza
y me lanza a la luz distinta de la noche.

sábado, 6 de enero de 2018

Guayaramerín


Si la frontera de la coca
o de la soja
siguen expandiéndose
(si el cambio climático seca 
justo ese curso de agua,
si algún documentalista
se interesa por la vida de los delfines
rosas del Beni),
tal vez podamos conocer
a ciencia cierta
lo que no les fue develado a esos dos padres
que gritaron en vano
los nombres de sus hijos en la selva:
qué fue del baterista que cantaba
y de la cantante que dibujaba,
que un febrero se subieron
a una avioneta
y nunca llegaron 
a ver la imagen de la foto 
que ilustra, acá abajo,
este post.




(Fotos: P. Bartholomai; F. Addams).